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Cabe iniciar esta breve nota crítica sobre la poética de Alejandra con referencia al prólogo de Ana Nuño que abre su Prosa completa (Buenos Aires, Lumen, Palabra en el Tiempo, 2003). Allí, se retoma la idea clásica del mal de vivre en relación con el suicidio, y pone en tela de juicio a renglón seguido la supuesta mitificación de la figura de la poetisa a modo de "Cristo femenino". Sin intención de discutir en estas notas aciertos y desaciertos propios de éste y de todo prólogo, hemos encontrado en cambio de gran interés retomar aquella primera idea sobre el mal del siglo –el mal de nuestra posmodernidad-; la angustia irresuelta del ser ante la soledad existencial, y la voz del poeta capaz de expresarla en su canto lírico, de dotar al escenario de la tragedia de música y palabras. Porque entre tantas formas del exilio, del ex-ilio, quizá todas conforman variaciones del antiguo castigo helénico, expulsiones del que ha violado las leyes y los códigos de su sociedad y es echado, enviado fuera de su isla y lejos de los suyos, de su I-Land. Antigua sabiduría de la crueldad. En Alejandra cabe el exilio más obvio en Francia, desgranado en su correspondencia, pero también las otras formas del exilio interior, el imposible encontrarse consigo en su país siempre desolado, en las imágenes cambiantes, copias de sí misma que el espejo le devuelve, imperturbablemente. El exilio que la poeta buscara quizá a lo Renée Vivien; el exilio cuyas formas esquivas pueden rastrearse en los amores y legados que ha dejado en poemas y cartas ya definitivamente ajenas -en Diana Bellessi, en Olga Orozco-. La idea del exilio, finalmente, de la vida en los duelos nunca resueltos -el del Pueblo del Libro, y la sombra siempre evocada a la vuelta de las palabras de sus ausentes, del padre; y en los versos de su inolvidable poema casi final de Textos de Sombra, escrito en setiembre de 1972, que golpean como la lluvia sobre una lápida:
La noche soy y hemos perdido/ Así hablo yo, cobardes/ La noche ha caído y ya se ha pensado en todo.
Soledad y exilio, en fin, en la distancia insobornable que establece el impersonal que cierra el poema, voz en su suprema soledad, en su otredad, ya en su lugar natal y sin embargo un alma exiliada de todos, en su dolor imposible de comunicar.
La voz de Alejandra sigue elevándose entre las notas a menudo discordantes de la poesía de este tiempo al que no quiso sobrevivir como testigo, voz inexpresable con palabras de este mundo. Su femenina soledad absoluta como la de aquella Diana mítica, perdiéndose fugazmente detrás de sus bosques oníricos. Y el lenguaje, antes que liberarla del íntimo exilio, parece en cambio atenazar su garganta, como en el poema 38 de Árbol de Diana:
...este canto arrepentido, vigía detrás de mis poemas/ este canto me desmiente, me amordaza.
Obra suprema del exilio y del viaje interior, y posiblemente uno de los intentos más genuinos y conmovedores de lo poético como camino emprendido sin retorno posible, que nos lleva al encuentro con la sombra aterida del Yo al fondo del espejo en el inolvidable poema 14, "El poema que no digo":
El poema que no digo/el que no merezco/Miedo de ser dos/camino del espejo/alguien en mí dormido/me come y me bebe
con ecos de un tiempo vital que vampiriza y que la va alejando definitivamente de sí misma y de los seres amados.
Y el poema 17 que bien puede evocar la infinita soledad de los autómatas de De Chirico, o el camino errante del Golem, de aquel viajero horroroso condenado a nunca encontrar paz en el reino de este mundo:
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida).
Los mundos interiores de Alejandra quedan enterrados en la inhóspita tierra -Itaca- de sus poemas, como la extraña luz que entregan ciertas gemas. O la luz celeste de esa primavera que se la llevara, país final largamente anunciado -"...explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome."-
Amplitud del exilio de los poetas, su viaje es de alguna manera el nuestro, al extraer esas piedras de soledad y silencio.
© Alejandro Drewes (2007) REFERENCIAS Alejandra Pizarnik. Diarios. Barcelona, Lumen (2003), edición a cargo de Ana Becciu.
Alejandra Pizarnik. Poesía completa (1955-1972). Buenos Aires, Lumen (2000), edición a cargo de Ana Becciu
Alejandra Pizarnik. Prosa completa. Buenos Aires, Lumen (2000).
envio rui mendes
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